
Releyendo el “Informe Hite”, me detengo en la reflexión de una pregunta concreta: ¿Puede imaginarse a las mujeres que usted admira masturbándose? Mujer, poder, poder… sí; pero lo cierto es que nunca me he imaginado a la Woolf ni a la Sontag sometiéndose al autoerotismo. Y no creo que mi heterosexualidad tenga nada que ver con la falta de esa proyección carnal, ni que la admiración aplique sesgos (in)voluntariamente que se detengan en la puerta de lo intimísimo porque cuando uno admira, adentrarse en bragas ajenas resulta recomendable para el alicatado de la fascinación.
En el libro se da voz a mujeres que anónimamente respondieron a preguntas sobre su sexualidad, entre ellas, varias relativas a la masturbación femenina. Las respuestas dadas por mujeres entre los catorce y los setenta y ocho años, en los años setenta, procuran una radiografía vacilante entre el patriarcado más rancio y el auge de la tercera ola del feminismo que estaba teniendo lugar en ese periodo. Desde la consideración del acto como “una diversión de segunda clase” al “mi grifo nunca me defrauda”. Del “estoy auténticamente hasta el moño de leer lo que los hombres tienen que decir sobre mi sexualidad” al “me masturbo con un cepillo de dientes eléctrico”.
Admitamos que la visión androcentrista siempre ha concebido la masturbación femenina como la hermana fea de la penetración. Hablamos de sexo pero siempre de relaciones sexuales; entendiendo la pérdida de la virginidad como la asunción de la feminidad adulta. Ignorando que a menudo la primera- a veces la única- educación sexual, empieza ahí: en el autoconocimiento, en el amor hacía una misma, en el consentimiento informado de llegar a hacerlo demasiado bien.
Recurrentemente, hay un adjetivo que se repite: “sucio”. En nuestros sexos se produce una resignificación constante por emanar de ellos la sangre de nuestras menstruaciones, la (in)humana expulsión de los cráneos neonatos y la función sexual. En ellos tiene lugar el dolor y el placer- loquios y orgasmo-, la efeméride que deshace la cuna cada mes como decía Beauvoir, las excreciones que deciden si estás en la fase ovulatoria o en la fase Indasec.
Escapar a la trampa del cuerpo es biológicamente insuperable, pero teniendo en cuenta el principio de placer que nos ha dotado con un órgano cuya única función son los fuegos artificiales-ahí es nada-, resulta sorprendente el mutismo que rodea al interruptor. ¿Será porque el placer donde no interviene el Gran Otro despierta un sentimiento de culpa ancestral por burlar a las actrices de doblaje? (“Finjo constantemente porque creo es mi deber”). ¿Porque hay una sensación de simpleza ligada al acto? (“Prefiero esperar a lo real”). ¿Una minusvaloración científica? (“El orgasmo clitoriano es inferior que el orgasmo vaginal alcanzado durante el coito”).
Tal vez, siguiendo el principio de Ockham, simplemente no necesitemos colectivizarlo.
Sin embargo, llama la atención que “el derecho al goce” que defiende la autonomía plena y la autodeterminación de las mujeres sobre su propio cuerpo, aspire a perrear en la casita de Bad Bunny o a pulverizar determinados récords (la creadora de contenido Lily Phillips se acostó con más de mil hombres en doce horas), en vez de plantar cara a la ficción. ¿Acaso no resulta reveladora la brecha orgásmica? ¿Por qué normalizamos el adverbio de aproximación en favor del adverbio de tiempo… de ellos? ¿Del “casi, casi, CASI” al “siempre”?
¿Por qué a estas alturas reclamar lo nuestro parece pedir demasiado?
¿Aquí no se “farmea aura”?
En una cultura sexual donde la habilidad mide su virtuosismo, las musas proliferan: la diosa que cumple con el cuerpo normativo, la chamana que domina el qué y el cómo, la geisha que procura goces insondables aunque íntimamente presione el mute. Esa que “vino ready ya, puesta pa´ una cepillá”. O esa otra que “chupa la lollipop, más puta que Betty Boop”.
Cuánto empoderamiento de(l) palo y cuánto sometimiento disfrazado de libertinaje. Seguiremos muriendo de éxito, pero no de placer.