LA VAGINA DENTATA

Columnas de pensamiento sin subtitular. Viscolátex y rechinar de dientes. Oraciones de sujeto sin predicado. Epinefrina intravenosa. Blancanieves y los siete infiernos. Estimulación cerebral mediante succión. Enajenación mental no transitoria.

Narcolepsia feminista

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Que sólo el 51,3% de las mujeres se considere feminista- cayendo hasta el 38,4% entre las más jóvenes según los datos del último Barómetro Juventud y Género 2025-, despierta en mí un profundo sentimiento filantrópico. Un deseo irrefrenable de no sé… llevármelas en régimen de pensión completa por Afganistán, Gaza o Irán a hacer Tiktoks desérticos, stories no aptos para asmáticos o directos con música electrónica de fondo. Pena que las muy lerdas estén pensando en Sirat. Con razón sostenía Edith Bruck, poetisa y superviviente de Auschwitz que “los burgueses morían primero, de los ricos ni hablamos”.

El Estado de bienestar de nuestras sociedades occidentales procura un mando inteligente y una somnolencia de gotero apostando toda clase de reflexión y pensamiento crítico a la síntesis del power point o de la IA. Algo así como la nueva reordenación de la colección del Museo Reina Sofía que parece dirigirse a un target homogeneizado (con diversidad funcional) invitándonos a pasear por sus nuevas narrativas de la manita subtitulada. La ignorancia es una forma de poder. Que Segade haya aplicado el triaje como estrategia aplicada a la venta de entradas, da buena cuenta del estado de las (s)obras del arte: cagarrutas recalentadas de quiénes haciéndonos pasar por visitantes nos tratan como a perras. No pierdan la ocasión de levantar la patita.                                                                                  

Uno de los motivos principales del desencanto de la juventud hacía el feminismo, se enraíza en la profunda desafección política que atraviesan las democracias modernas, entre ellas, España. Ahí donde la palabra feminismo se asocia directamente al pensamiento de izquierdas y sus representantes políticos, el feminismo se erosiona. Si ante el pronunciamiento de la palabra feminismo no se produce una identificación indisoluble– íntima en tanto personas, y pública en tanto ciudadanos y ciudadanas- por encima de idiosincrasias y partidos, tenemos un problema. ¿Cómo se explica si no, que casi la mitad de los encuestados afirme que “el feminismo es una herramienta de manipulación política y adoctrinamiento?   

El agravio se produce cuando una mujer que vota centro, animalista, o lo que le dé la gana, se ve señalada y suspendida en militancia porque ser feminista exige la comunión progre contra el binarismo, el esencialismo biológico o la actual ley del aborto. ¿Cuántas manifestaciones distintas se convocaron en la capital española con motivo del 8M? Ni me acuerdo; pero lo que sí recuerdo perfectamente es que la actual Ministra de igualdad, Ana Redondo, estuvo en la de Valladolid. Si para entender el (no) funcionamiento de las cosas hay que seguir, como reza el dicho, el rastro del dinero, cuando se trata de política, basta con seguir la Polaroid. Si el disenso socava la sororidad entendida en términos de militancia única cuando hablamos de feminismo institucional, hemos fracasado. ¿De qué sirve luchar por los derechos de las mujeres del Sur Global cuando cribas a las de ámbito estatal bajo premisas totalitarias? ¿A qué viene llenarse la boca con la interseccionalidad cuando quienes nos representan en las instituciones y enseñan en las universidades participan de los ejes confluentes de desigualdad condenando al ostracismo a quienes discrepan como sujetos políticos?                                                    

Ahí donde la falta de ejemplaridad de nuestros y nuestras representantes en política se estima indigna, cuando no despreciable (véase el caso de las pulseras, o la dilación -cuando no el ocultamiento- de los procesos internos ante las denuncias de casos de agresión o abuso sexual) la auctoritas desaparece. Esa legitimación que trasciende la soberanía otorgada por las urnas y concede una consideración meritada, un reconocimiento insigne, una autoridad moral hacia quienes colocándose detrás de una pancarta o guardando un minuto de silencio por las víctimas de la violencia machista, encarnan el sentir colectivo que tan pronto exige izar la bandera como blandir un arma.                                                                          

Existe una frase acuñada por Kate Millet, muy recurrente en el movimiento feminista- manoseada hasta la ampolla-, que afirma que “lo personal es político”. Que lo personal sigue siendo algo público en términos de representación resulta incuestionable pues presume la capacidad de actuar juntos y juntas, pero que la caterva de políticos y políticas ante la manifiesta incapacidad para resolver los problemas que apremian a la ciudadanía en su conjunto  (vivienda, precariedad laboral…etc) han llevado a un porcentaje nada desdeñable de jóvenes a manifestarse en contra del feminismo por su vana instrumentalización (convertido en un eslogan, un panfleto, una cuota) también. Pena de guillotina.

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About me

Periodista, escritora y feminóloga. Agente de Igualdad. Autora de «Tratado sobre la nariz». Ponente y conferenciante. Traductora y jurado literario. Licenciada en Comunicación Audiovisual y Periodismo. Máster en periodismo de televisión. Máster en Igualdad. Experta en «nuevas masculinidades» y «ciberfemenismos».