
Basta con echar un vistazo a muchos de los posados de la recientemente fallecida actriz estadounidense, Diane Keaton, para darse cuenta del poderío que arroja la personalidad sobre la belleza. Esa que trasciende patronajes ad hoc, ovación del establishment de turno y mayorías absolutas, para desgracia de braguetas y scrolling compulsivo.
Se puede ser bella, inteligente… y mortal (?). Bendecida por los dioses sin tener que pedir perdón. Hay quién no soporta una mujer más atractiva, o más delgada, o más sabia, o “más” algo que, enfrentándolas a complejos e inseguridades, provoque ensortijamiento de bilis y pústulas lacerantes. La envidia es muy mala.
Quien procura rodearse de semejantes sorteando el “espejito espejito” suele pivotar entre el Apocalipsis y la dentera ingobernable. Aunque si la que padece el bruxismo de género- el rechinar de dientes de toda la vida- tiene posibles, es probable que la descarga involuntaria de toda la pelusa acumulada durante el día acabe en un quirófano o en El Corte Inglés (como la Paqui de Santos Cerdán). Para gustos, carteras.
Basta con asomarse a la hemeroteca para comprobar que cada época tuvo su foto fija: hombreras, pantalones campana, cardados de volúmenes imposibles… Y aunque el desigual envejecer de las distintas modas se produjo para mal en muchos casos, el esteticismo derivado de su correspondiente fotomatón sigue irradiando un magnetismo pegajoso. Las mujeres que pululan por esas imágenes podían ser más o menos agraciadas, más o menos corrientes (la época hippie arrojó mucho desenfocado), pero eran mujeres apabullantes. Mujeres que hacían con lo que Dios las trajo al mundo, obras de arte destinadas a la contemplación y no al palillo de dientes.
Cuando observo a las mujeres de la generación Zeta por la calle, o en redes sociales, tengo la sensación de estar viendo siempre a la misma mujer repetida bajo pseudónimos distintos. Mujeres despersonalizadas (troqueladas) que haciéndose llamar Ainara, Paula o Nahikari pertenecen al algoritmo de su tiempo, sin piedad. Mujeres que, pudiendo estar en la cresta del percentil, optan por apelar a los instintos más básicos del Homo Sapiens al modo de los pósteres de las mujeres desnudas que tantas cabinas de camioneros y habitaciones juveniles alegraron. Cada vez que veo a las Femen en el telediario me pongo morada. Morada sin circulación venosa. Morada feminista. ¿Se imaginan a la sufragista británica Mary Wollstonecraft enseñando el culo para conseguir el voto femenino? ¿a Beauvoir levantándose la falda para pedir el derecho al aborto? Tres siglos de lucha feminista para acabar enseñando las tetas.
La vulgaridad es, según el filósofo Javier Gomá, la espontaneidad no educada. Los filósofos tienen esa habilidad. La capacidad de presentar en packaging de lujo hasta la mismísima mierda. Todas esas mujeres haciéndose pasar por disruptivas amadrinando el eslogan feminista de “mi cuerpo es mío”, confunden la detentación de poder devenida de la apropiación del cuerpo, con el falso empoderamiento que propone la instrumentalización banal de lo físico. No te empoderas ni demuestras más seguridad en ti misma implementando en tu cuerpo la dimensión pública de la deseabilidad social (guapa, joven y delgada), el patriarcado (mujer objeto) y el capitalismo (sociedad de consumo). Más bien pocas, y pobres, facultades dejas entrever cuando te sirves de lo evidente, apelando al reclamo sexual únicamente, relegando tu personalidad a un segundo plano; o a un segundo plato, servido después de la testosterona. Quién aspira a la caja de Mattel, renuncia a ser una matryoska.
Nos rendimos al magnetismo que proyecta la personalidad a pelo porque escasea, porque está, digámoslo claro, en vías de extinción. La estadística está ahí: topamos con una bomba de neuronas por cada diez sexuales. Aunque hay quienes reuniendo ambas, logran una fusión explosiva que de sobra sabemos cómo acaba. La mujer que trasciende lo físico, aunque se valga de ello porque se trata de un lenguaje más, procura una alfombra roja para quienes deseando saber más, estén dispuestos a sudar. Valiosa más allá de calendarios, cánones y clichés, irradia un poder que emana de dentro hacía fuera, fruto del conocimiento y dominio claro de su personalidad más allá de la carne. Somos mucho más que un cuerpo que, a la postre, se revela incorregible- imperfecto, impenitente, decadente- pero que no por ello deja de ser nuestro. Lo que hagamos con, y, a través de él, depende de la mujer que lo habita. Por eso quién se sabe uno, procura la atención justa al ornato, a sabiendas de lo que lleva dentro. Que se lo digan a Oppenheimer.