
Si existe una palabra capaz de suscitar enconados debates y de manifestar resistencias íntimas, es la referida a la genitalidad femenina. Eufemismos que permitiéndonos hablar en clave, patrocinan el uso de la sinonimia, no vaya a ser que despierten al león de la Metro-Goldwyn-Mayer.
El uso del lenguaje revela idiosincrasias culturales- androcentrismo-, estructura prejuicios sociales- sexismo, machismo, racismo -, oficializa gramáticas preferentes – el masculino genérico-, actuando como un chivo expiatorio del sujeto y de su tiempo. La lengua actúa como un geolocalizador que nos delata, registrando la identidad del individuo al modo de las carimbas indígenas: dime cómo hablas y te diré quién eres. No se trata de un asunto menor pues, el lenguaje, opera “por defecto” en la realidad a través del nombramiento, pero también lo hace por omisión a través de lo que no se nombra o se omite deliberadamente. Abstenciones (invisibilidades) que, lejos de ser faltas, sancionan con tarjeta roja al feminismo.
¿Qué sucede cuando al mencionar nuestros sexos hablamos de “partes” como si fueran un cacho, un trozo, un pedazo de algo, un fragmento de no se sabe muy bien qué, inacabado, incompleto, escindido? El feminismo se llena la boca exigiendo la implementación del lenguaje inclusivo en todos los ámbitos de la sociedad, y de fomentar su uso entre la ciudadanía, y luego cierra las piernas cuando asoma el espéculo. ¿De qué sirve abanderar el activismo menstrual, normalizar la menopausia o denunciar el edadismo si lo más elemental – ahí donde empieza todo (el “estadio del espejo” lacaniano)- nos ruboriza? Vergüenza y apocamiento ahí donde ellos exhiben poderío y deneí. He conocido pichulas que obedecían al nombre de Susito, Palorico o Terminator, pero ninguna amiga se ha referido a la suya como Rogelia o Vaginatrix. En todo caso, infantilizaban la membresía suavizando la fonética optando por llamarlo “toto” o “chichi”.
El ocultismo de género se sirve del cifrado lingüístico para practicar ablaciones silentes y susurrar dicciones no ofensivas (“po-to-ta”, aarrghhh ¡prohibido!). Pseudónimos que atravesando el reino animal y vegetal- conejo, higo, seta, pezuña de camello -, incorporan indefectiblemente el eau de toilette: almeja, chirla, mejillón, ostra, cococha. Y sin reparar en sufijos. Que no es lo mismo coño, que coñito, que coñazo. Cierto que existe una corriente literaria sin fajas que abiertamente utiliza una terminología abrupta – chocho, raja-, pero incluso entre quienes difunden el empoderamiento con tridente y corona, se dan paradojas lingüísticas.
¿Hablar abiertamente de nuestro sexo en un sentido pornográfico tal y como hacen ellos (Miller, Sade, Bukowski, Houellebecq…) nos empodera? ¿Ser explícitas o sentirnos desprovistas de tabúes obliga a la desinhibición lingüística rayana en la vulgaridad? ¿Impone la descripción liberal pensando en el semen de ellos o en nuestro flujo vaginal? Las autoras que se refieren a nuestro sexo sin más corsés que su libre albedrío parecen enarbolar una narrativa disruptiva con respecto al uso lingüístico proclamando la identidad a través de la apropiación de sus “coños” (recomendable novela de Juan Manuel de Prada, por cierto). Detentación desacomplejada de lo que antaño repudiábamos como destino fatal y ahora reivindicamos como eje vertebrador de nuestro placer y nuestra personalidad.
Decía la actriz Natalie Poza en la contraportada del País que “empoderarse es muy complicado para la mujer normal. Se empoderan pocas”. Algo nos araña íntimamente cuando el encriptado lingüístico resulta tan habitual. Algo señala, la falta de congruencia entre el empoderamiento vociferante y el retraimiento voluntario cuando, al hablar de nosotras, lo hacemos con guantes de látex hipoalergénicos.
El uso del lenguaje te define, expresa tu carácter, verbaliza tu (in)cultura, tu (mala) educación, tu (nula) personalidad. Cada vez que te atreves a nombrarte, estás ocupando el espacio. Y al hacerlo, estás invitando a que otras lo hagan también. No sé ustedes, pero estoy de porongas, pijas, vergas, pollas y pollazos hasta la vagina.