
La actualidad informativa arroja dos titulares aptos para bomberos. El primero, publicado en un suplemento cultural, reza tal que así: “Seguir encumbrando a Beauvoir como símbolo feminista eclipsa a otras mujeres”. El segundo, lo colgaba en redes la influencer María Pombo: “No sois mejores porque os guste leer, hay que superarlo”. Dudo entre gasolina o queroseno, ¿qué opinan?
Lo único que eclipsa a otras mujeres es la ignorancia, la arrogancia de la estupidez, la presuntuosidad de la incultura y la abulia del vago. Aerofagia de palurdos, y palurdas, para regocijo de ese patriarcado al que pretenden derrocar con pompas de jabón. Cuando topo con alguien que fingiendo saber mucho sobre feminismo aguarda su minuto de gloria para congraciarse, nombra a Simone de Beauvoir. No falla. Existe toda una serie de #hashtags y merchandising tan cacareado y manoseado (estamos de Frida Kahlo hasta la coronilla), que cualquiera puede hacerse con uno a coste de algoritmo y pantalla táctil: cultura de saldo con balidos de fondo y confeti instagrameable.
El que no lee, se resigna a conformarse con la vida. Esa que carece de dimensiones, de ángulos ciegos, de dobles fondos y cajas negras, anclada en nuestra condición de bípedos con visión de túnel hasta que caiga la noche y llegue la diligencia. Recientemente, Juan José Millás, se refería en una entrevista radiofónica a la “industria de la ignorancia”. Una suma de poderes e intereses conchabados, proveedores de contenidos de quinta gama- melifluos y pasados por el pasapuré-, que pretendiéndonos abotargados y amodorrados, nos emplazan a besar la mano de la inteligencia artificial. Vasallaje de primera, a base de incontrolable gula y aplauso generalizado a todo lo que desmenuzadito y en papilla, nos sienta tan bien.
Allí donde confluyen la concentración, la imaginación, el sosiego y el abandono, hay una persona leyendo. El “proceso de identificación” que mediante el allanamiento, la usurpación, el trasplante o la reencarnación, nos vinculan con los personajes– registrando mapas emocionales, diseccionando (des) afectos, cortejando villanías, padeciendo canguelos, consumando fantasías – es mágico. La Pombo me contestaría que los personajes de las series de Netflix le provocan el mismo estado de alienación. Claro, sólo que el ejercicio de sentarse frente al televisor resulta pasivo y teledirigido: apoltronarse y tragar. Menos exigente, procesado de antemano-reparto de actores y actrices, localizaciones, banda sonora…etc- y con manual de instrucciones. Entre la alegoría de la caverna de Platón y el síndrome del hombre de la pantufla de Sartori. Ahí estamos.
Quienes renuncian al aprendizaje, a la actividad de la mente, al intelecto vaya, acaban haciendo de la carcasa su fundamento ontológico. Hombres y mujeres que, sin haber empatado con nadie, convierten sus anodinas existencias en escenarios digitales. Productores de entretenimiento a pelo, que tan pronto se depilan frente al objetivo como se cambian tres veces de modelito para gloria de las indecisas. No leer, te condena a la superficie. Te confina en la biología. Te convierte en un objeto de estadística simple. En un hombre, o en una mujer que, llegado el momento, se entregará con las muñecas boca arriba en vez de empuñar el florete.
Tenía razón María Pombo al afirmar que leer no nos hace mejores. Simplemente, nos hace distintos. Y menos mal.