
En un episodio de la celebérrima serie Mad Men, Stanley Cooper se dirige a su subalterno Don Drapper en un típico bar de copas de Manhattan after work, y en dirección a dos veinteañeras envueltas en una nube de humo apostadas en la barra, confiesa: “Ese brillo”. “¿Cómo dices? “. “ Ese brillo-deteniéndose a la par del trago de Bourbon- lo pierden con los años”. Y acto seguido, el plano se cierne sobre sus rostros pulposos por el hidroxilo y el rojo de labios pintado con intención de cuartearse antes de la última copa en la primera ocasión correspondida.
A cierta edad, es conveniente y deseable erigirte como una burbuja de Freixenet sin más propósito que la espuma. La atención sexual recibida es en algún momento un termómetro de autoestima allí donde el cuerpo resulta ser catedral, y el resto Dios dirá. Aunque pronto la religión femenina impone sus alcoholímetros sancionando cualquier exceso, mantenemos la fe. Porque la existencia alguna vez fue como la canción de Coldplay- “viva la vida”-, situándonos en el centro de la experiencia con visión de túnel y audición discapacitante.
El resplandor que emana de la mujer sin episiotomías deslumbra. El tarareo en torno al placer sin más indecisión que el tanga de hilo o la braga brasileña, o el escáner corporal a prueba de pelillos de optometrista, es como para poner los ojos en blanco. El hombre suspira por esa mirada de mujer que, disfrazándole de carnicero, le invita a trocear pechuga, contramuslo y muslitos… sin importar el cuchillo (bobas, bobas, muy bobas). Pensarse en términos corporales es un delirio típicamente femenino que algunas estiran hasta convertirse en picadillo. Descatalogadas por la industria masculina, siempre queda algún perro- callejero, hambriento, rufián de manual- dispuesto a hacerse con “las sobras” para llenar la salchicha. Que les pica, dicen. Yo me arrascaría antes con el Scotch-Brite.
Cuando la doble jornada, la división sexual del trabajo- ojo con la economía sumergida de cuidados-, la asignación desigual de las esferas público/privadas, la asimetría del uso del tiempo doméstico y personal, o la falta de estrategias feministas para la movilidad y la planificación urbana, te comen, el único brillo que se desprende de una misma es el de la linterna intermitente para que te encuentren.
No soy de las que se ha preguntado alguna vez si ha merecido la pena -casarse, tener hijos- porque siempre fui una mujer yerma en el campo de un hombre esperando que mi sangre me anunciara otra nueva, pero la subalternidad me sindicaliza. Los propósitos de vida que interpelándonos sin piedad ante realidades abstractas que casi nunca dependen de nosotras mismas nos estratifican, me han hecho salir a la calle. Mirar hacia la derecha. Hacia la izquierda. Sentarme en el asiento del conductor con las largas puestas en busca de un homo sapiens, sabedora de la causa del siniestro: patriarcado.
Para que luego digan que las mujeres conducen peor que los hombres. O, ¿cómo era? Ah, sí. Que perdemos el brillo… Qué equivocados andan algunos. Yo cuando veo a un hombre deslumbro sin piedad: sobria, evitando distracciones y hasta el 112.