LA VAGINA DENTATA

Columnas de pensamiento sin subtitular. Viscolátex y rechinar de dientes. Oraciones de sujeto sin predicado. Epinefrina intravenosa. Blancanieves y los siete infiernos. Estimulación cerebral mediante succión. Enajenación mental no transitoria.

Insectos

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Buitrear acerca de la condición femenina viene siendo una tradición atávica de la que participa todo hijo de vecino. En una sociedad enferma de opinión como la actual donde cualquiera tiene una valoración acerca de cualquier tema con independencia de su naturaleza y de su complejidad- las tijeras genéticas CRISPR-cas9, el habeas corpus o el megalodón-, el aguijón humano se clava con frenesí en la identidad femenina.       

Últimamente viene formándose una corriente crítica, profundamente discrepante, con lo que ha venido en llamarse “la mujer nueva”. Los académicos artífices de esta nueva acepción, afirman estar un poco hartos de los altavoces femeninos que hablan de- y cito textualmente- “el horror de ser madre, la tragedia de parir, sus cansinas alteridades y sus faltas de libertades; ésas que, monopolizadas por una ortodoxia feminista, condenan al escarnio a cualquiera que no reconozca que todos los hombres son unos violadores y asesinos en potencia”. Hasta se atreven a dotar de una estética propia a la mujer en cuestión: “A su militancia feminista de marchas y pañuelo púrpura se corresponde su columna feminista en la prensa y su novela o libro galardonado en tal o cual premio feminista”.                                                                                                          

Que alguien vacíe mi revólver y me sirva un gin tonic, por favor.

Debe de ser muy duro haber nacido con un pitilín. Terrible, averiguar que además de colgar, aquello se movía. Imaginar la vida al servicio de un instrumento que biológicamente solo buscaba disparar sin parar, debe de justificar el ánimo belicoso y la predisposición al conflicto de la raza masculina como mínimo. Pobres. Ya se sabe que ser hombre ha sido siempre sustantivo sin adjetivo. En cambio, fíjate en nosotras, cuando nos cambiaban el pañal, ninguna madre ni tia ni semejante alardeaba, ni se empeñada en llamar a los demás para enseñar la po-to-ta de su hija. Tener una no era síntoma de celebración- ni de privilegio- y mucho menos de exhibición, pero no me voy a poner en plan freudiana porque yo solo tengo envidia de pene cuando me baja la regla.                  

La historia de la humanidad está plagada de personalidades que enarbolando los vectores identitarios tradicionales de la masculinidad- la conquista, el liderazgo, la ambición, el poder- han resultado ser los manoseadísimos protagonistas de buena parte de la historia de la literatura: Dartañanes, emperadores, principitos, detectives, guerreros, cazadores, Casanovas… De espaditas hasta la tráquea (decidan ustedes cuál de ellas). Si ahora resulta que hablar en primera persona del singular de aquello que nos interpela por cuanto tiene que ver con nuestra naturaleza, molesta, significa que han olido la sangre de verdad. La de los támpax. La de las compresas en el fondo de la basura. La del manchado de implantación. La del posparto. La de la última mujer asesinada este sábado en Pasajes. La del pañuelo gitano.                                                                       

Que hablar en voz alta de las experiencias femeninas provoque hartazgo e incordio sólo demuestra cuan fuertes son las resistencias del patriarcado que viendo temblar su enjambre, amenaza con el abejorreo. No se engañen. Que muchos hombres estén a favor de la igualdad no les exime de seguir percibiendo el dividendo patriarcal. Esas denominadas “masculinidades cómplices” compuestas de hombres inflados y grandilocuentes en su discurso -jefes, amigos y maridos-que, juran, cruzando los dedos. Los que nos empoderan por lo bajini, no vaya a ser que les desmontemos el chiringuito.         

La igualdad interesa hasta el portal de casa. La igualdad congestiona cuando huele por todas partes. La igualdad tiene un pase en la copa previscolátex pero, bebe y cállate ya. Cuando utilizado el altavoz, la igualdad chirría interrumpiendo la siesta (esa que viene durando dos mil años ya), hay que estridular hasta la ruptura del tímpano. Hablen. Griten. Desafinen. Hagan gorgoritos. Manifiéstense como les dé la gana, pero llénense la boca -y el espíritu- con esa palabra hasta que su empacho sea el eructo de todas. La colmena será feminista o no será.

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About me

Periodista, escritora y feminóloga. Agente de Igualdad. Autora de «Tratado sobre la nariz». Ponente y conferenciante. Traductora y jurado literario. Licenciada en Comunicación Audiovisual y Periodismo. Máster en periodismo de televisión. Máster en Igualdad. Experta en «nuevas masculinidades» y «ciberfemenismos».