LA VAGINA DENTATA

Columnas de pensamiento sin subtitular. Viscolátex y rechinar de dientes. Oraciones de sujeto sin predicado. Epinefrina intravenosa. Blancanieves y los siete infiernos. Estimulación cerebral mediante succión. Enajenación mental no transitoria.

Acústica femenina

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Todo distingo corporal gira entorno al periodo de una mujer. Si perteneces a “la mitad que sangra” tu pertenencia al sesgo de elegibilidad sexual resulta irrefutable, en cambio, si estás disecada, el cartelito de “se reserva al derecho de admisión “cuelga en la entrada de toda empresa masculina.                                                                                        

El aspecto exterior de una persona siempre es una invitación a su mundo interior, aunque el buen aspecto de una mujer nunca se abarca de un vistazo como en el caso de un hombre. En nuestro sexo se establece una dicotomía platónica entre lo de fuera y lo de dentro, para después descuartizarnos por partes y evaluar el despiece por separado: el pelo, la nariz, los pechos, las caderas, los muslos… y así hasta acabar en el Lexatin o en la consulta del cirujano plástico; aunque en muchos casos, aspirar a ser custodio de la superficie impida que seas candidata a ser consejera delegada. Se nos exige que seamos bellas para después menospreciarnos por nuestra frivolidad. Se nos impone el canon que, una vez alcanzado, resulta que se paga como el seguro de decesos. Se nos pauta vivir en un perpetuo verano de cuerpos, hasta que el progresivo tapar dé buena cuenta de en qué mundo vives y en qué fase estás. Someternos a la cosmeticidad de nuestra piel parece nombrar algo esencial en el carácter de las mujeres, y perseguirla, invalida a menudo cualquier otra cualidad o competencia. Que el cuerpo nos cosifica no es ninguna novedad, pero que a estas alturas, las generaciones más jóvenes entiendan que su cuerpo es la única forma de poder, nos esqueletiza a todas.                

Históricamente hasta que los métodos anticonceptivos permitieron el control de la natalidad, el cuerpo femenino resultó ser destino, y a la postre, una trampa. ¿Cómo si no explicamos que la aparición de la menopausia se padezca en silencio, codificada y subtitulada para hombres porque la versión original nos enmudece? A ver quién es la guapa que sentada en la oficina o en una terraza en la Plaza de la Constitución presiona el interruptor del ventilador de mano a salvo de miradas maliciosas. Sólo la viejuna, la menopáusica, la mujer añosa a la que se le presume una existencia sin turbulencias porque ya no tiene que elegir si comprar con o sin alas, transige tal aguijón. La misma que fingiendo que no pasa nada, presiente que la biología dará paso a una biografía desautorizada donde anhelar ser musa de Praxíteles- una estatua- encarne su tragedia griega. A ninguna mujer se le escapa que la muerte del cuerpo entraña un desahucio silente por quienes nos desean sino bellas, cuanto menos digestivas. Que somos carne ya nos lo enseñó Bacon, pero él entendió como naturaleza lo que la mujer interpreta como una catástrofe inapelable.                                                                                    

La proliferación de negocios y espacios destinados únicamente a mujeres da buena cuenta del tarareo social. Y es que allí donde a salvo de miradas indeseadas, e indeseables, podemos mostrar nuestras siluetas, la segregación resulta ser un éxito. Ahí donde la flacidez, la venosidad y la deslocalización palmean la gravedad, surge la publicidad de verdad. ¿Dónde si no se observan los cuerpos de las mujeres sin objetificación? La narrativa de los cuerpos en la posmodernidad reduce nuestra belleza a una sola contingencia biológica: la juventud. Imposición trágica a nuestra condición de musas sin habernos preguntado siquiera.         

Existen mujeres mayores hermosas, pero se consideran excepciones. Apartadas de la condición general por cuanto alteran sus cuerpos, denominando para sí mismas “estética” lo que las sociedades occidentales se apremian en considerar tanatopraxia. El edadismo que sufren las mujeres resulta victorioso por cuanta complicidad encuentra. Incuestionable por su condición de secta allí donde el cuerpo resulta religión y su ortodoxia el Corpus Christi. Dar tratamiento de enfermedad a una transición, demuestra que la verdad de nuestro cuerpo resulta insoportable para muchas por cuanto nos identificamos con él en términos de sinonimia y representación, convirtiéndolo en el teatro de nuestra subordinación. El envejecimiento nos transforma en seres sexualmente embarazosos- estéticamente ofensivas-, válidas únicamente como carcasa para hacer caldo. O al menos, lo pretenden. Algo de verdad habrá en ello cuando optamos por el disimulo, ahuyentando la etiqueta, nombrando algo que nuestra cultura fagocita anclándose en nuestra colaboracionista mansedumbre.                                                                

Háganme un favor, la próxima vez que detecten un leve sonido procedente de unas aspas giratorias, sonrían. Sonrían si pueden y el contexto lo permite a esa mujer. Sólo así desarmaremos a los que ambicionando nuestra invisibilidad, resulten ser excomulgados por nuestra militancia. Para esos que aún no entienden, que la menopausia pueda ser en la vida de una mujer un nuevo comienzo, y el cuerpo, al fin, un territorio rebelde. Y desobediente. Presiento, el sofoco masculino.

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About me

Periodista, escritora y feminóloga. Agente de Igualdad. Autora de «Tratado sobre la nariz». Ponente y conferenciante. Traductora y jurado literario. Licenciada en Comunicación Audiovisual y Periodismo. Máster en periodismo de televisión. Máster en Igualdad. Experta en «nuevas masculinidades» y «ciberfemenismos».