LA VAGINA DENTATA

Columnas de pensamiento sin subtitular. Viscolátex y rechinar de dientes. Oraciones de sujeto sin predicado. Epinefrina intravenosa. Blancanieves y los siete infiernos. Estimulación cerebral mediante succión. Enajenación mental no transitoria.

Toilets please

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  El revuelo mediático generado por Roro- la TikToker que arrasa con sus laboriosas recetas preparadas para su novio Pablo– me ha revuelto hasta la náusea. Decir que la receta de “papardelle con pato”-que supera ya los 60 millones de visualizaciones-me ha provocado arcadas y ensortijamiento de bilis, es un aperitivo. Y un eufemismo…   

Que las únicas influencers que me interesan están en los libros y en las universidades que actúan como núcleos de pensamiento ahí donde la intelectualidad encuentra sus tribunas, y el conocimiento transversal, su empadronamiento, es una verdad irrefutable; pero ni las cada vez menos reputadas instituciones académicas, ni sus publicaciones ni ensayos, pueden mantenerse al margen de las distintas pulsiones que germinan en la sociedad civil. El problema surge cuando lo que se está cocinando en nuestro kilómetro cero sabe a panga del Mekong, y el hediondo compost humanoide resultante, lejos de ser excremento, resulta ser mierda de verdad.       

Ser una mañosa y hacendosa cocinera que se dedica a realizar admirablemente todos los platos para deleite de su novio (un mudito que aparece al final de los vídeos para probar y darle un beso a su amada con aspavientos incluido) no me dice nada. La mujer “pot au feu” que tantas veces hemos visto reflejada en la literatura francesa, la etxeko andre que además de ocuparse de las labores, los hijos y el campo, cocinaban como nadie y sin alardes, se inventaron hace mucho tiempo. Y por necesidad además, pues cualquier otra invención de sí mismas era inimaginable e inapropiada. Pero hasta en esas mujeres tipo que soportaban la dureza de sus jornadas sin más protesta que el inevitable cansancio y el cerrojo postizo de sus ilusiones más íntimas, residía una admirable beldad. Un valor y un reconocimiento privados que sin mérito ni distinción exterior alguna, encarnaron durante generaciones la única manera (con permiso) de ser mujer: la servidumbre. La cocina y la buena mesa fruto de la dedicación no exclusiva- simultaneada con el resto de faenas- de aquellas mujeres que a partir de su condición de siervas familiares procuraban un beneficio más al patriarcado doméstico (el deleite paliativo y la panza), suponía por encima de todo, una demostración de afecto. Una tímida recompensa procurando una sonrisa interior cuando se rebañaba el plato o la falta de conversación en la mesa denotando su buen hacer, satisfacía sus desvelos maternos a cuenta de unos hijos destinados a trabajos campesinos, rudos e insalubres. Lo dijo el gran Antonio López en una entrevista: “El retrato de unos limones, una naranja y una vasija sobre un fondo oscuro te habla del mundo, de lo más noble y más intenso que pueda tener el pueblo español. Te cuesta casi una vida entenderlo.”             

¿Ofende que una tipa que se define como “just a fashion girl who loves cooking” consiga hacerse viral por representar gustosamente un rol arcaico que muchas padecieron como pena y castigo? ¿Humilla que la performance culinaria se vea coronada por la aparición estelar del macho cabrón que encarna el patriarcado más rancio? ¿O es que chirría- qué voz, qué voz- que la tal Roro tenga apariencia de niñita bien del Opus y que por eso estemos esperando a que de un momento a otro aparezca la Milf o el negro zipotón a sacudirla?                                                                                                  

Particularmente no me ofende la comparsa culinaria de la tipa ni el figurante, claro está. Hasta tiene su miga que tenga su lectura religiosa – “hay que conocerse bien a uno mismo para poder amar al otro”- y si la Roro enamoradísima va a muerte con la cocina oye, Dios la tenga en su gloria. Sólo faltaba. Sólo que a mí a estas alturas de la vida, y con la historia presente, que una mujer se sienta completamente satisfecha con la única demostración de sus artes culinarias y que esa sea su mayor virtud, y su mayor anhelo, la aprobación y disfrute de su machote, sólo me permita apretar el gatillo emocional… y la cisterna del uvecé.                                                                      

Jerarquizar el pensamiento en función de lo viral, es poner el pensamiento al servicio del algoritmo. Eso sí que es inteligencia artificial.

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About me

Periodista, escritora y feminóloga. Agente de Igualdad. Autora de «Tratado sobre la nariz». Ponente y conferenciante. Traductora y jurado literario. Licenciada en Comunicación Audiovisual y Periodismo. Máster en periodismo de televisión. Máster en Igualdad. Experta en «nuevas masculinidades» y «ciberfemenismos».