LA VAGINA DENTATA

Columnas de pensamiento sin subtitular. Viscolátex y rechinar de dientes. Oraciones de sujeto sin predicado. Epinefrina intravenosa. Blancanieves y los siete infiernos. Estimulación cerebral mediante succión. Enajenación mental no transitoria.

Jabón lagarto

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Debe de haber una película titulada “How to have sex” de la directora británica Molly Mannning, que relata una escena que ella vivió en primera persona en un bar de Magaluf, y que está causando furor entre las adolescentes sajonas. En el film, se reproduce su recuerdo que sucedió tal que así: los animadores del bar invitan a las chicos a subir al escenario y acto seguido – entre risas y alcohol- ellas les practican sexo oral bajo la atenta mirada de todo el garito.    

 Que el hombre se deja llevar por el sexo porque en su historia evolutiva está profundamente arraigado el impuso de extender su simiente, es un postulado básico aceptado por toda la comunidad científica y es de sobra conocido por todos. Que su impulso sexual es irracional, bastándoles una portada de Playboy para ponerse a tono aunque su madre haya fallecido unas horas antes, es otra verdad indisoluta. Que se bajarían la bragueta ante cualquier fulana, con las ganas y la necesidad para penetrarla sin más, otra. Que el onanismo entre adolescentes cuando los padres de uno no están, aprovechando para ver una película porno jugando a ver quién se corre antes sea algo natural, no sorprende a nadie. Que la moza del colegio que lleva la mano más lejos sea vox populi entre ellos por ver si a él también le toca la flauta, ni te cuento. Pero si cuento que a esas edades, lo que se espera de nosotras es que se complazca al hombre y que no se sienta nada, estoy tocando la tecla.         

Nuestra sexualidad no se enciende en base a imágenes directas como consecuencia del feedback de nuestros ojos, nuestra sexualidad está fuera y se manifiesta de manera estratégica al servicio de otros objetivos más elevados, empezando por el amor. La proximidad física de una mujer adolescente que deja al hombre “sin descargar” sirve para ir tanteando – decidiéndose-, profundizando un poco más en su deseo y en su relación afectiva, actuando como un señuelo de algo que tarde o temprano sucederá, pero no ahora mismo. El deseo femenino no se confiesa, ni llega ese momento de “sentirse preparada” como por arte de magia, cuando la capacidad de expresar en voz alta lo que deseas y de ser depravada y lujuriosa no viene de serie, ni sucede entonces. Yo nunca hablaba, no ya de mis masturbaciones, sino del hecho de masturbarme con mis amigas, ni daba por supuestas las suyas claro, hasta que fuimos a ver “American Pie” y ahí salió hasta el pintalabios.                                                                    

Nuestra historia evolutiva marca tiempos distintos en lo emocional y códigos antagónicos en lo físico, y eso es una verdad que el feminismo contemporáneo animando a que las chicas se comporten como ellos en la expresión de su sexualidad, omite. Jalear a las adolescentes que han incorporado el patrón masculino en su comportamiento sexual manifestando predisposición en cualquier circunstancia, conveniencia en cualquier lugar, aptitud para hacer el helicóptero en su carnet sexual, lubricación garantizada aunque sea con una transfusión de saliva para que duela menos, es una derrota sin paliativos por obviar nuestra naturaleza y por desobedecer nuestros deseos más íntimos cediendo a la demanda masculina a la carta. La iniciación sexual es cualquier cosa menos un asunto público para la mujer, y la que a salvo de tabúes religiosos y sociales- el pecado y el “qué dirán”- se convierta en una gran actriz para gloria del director, acabará siendo cualquier cosa menos ella misma. Si algo representa el sexo para la mujer adolescente, es un territorio hostil de orografía intransitable según qué días del mes, sujeto a vaivenes emocionales y a expectativas de cuento que con tanto jorobado topan.                   

 El posfeminismo idolatra a las mujeres que dan un paso al frente, seguras y sin grietas a la vista, sin articular una ética sexual que no pretenda desesperadamente mantener a raya la incertidumbre del sexo.     

Que el hombre acceda a bajarse el pantalón delante de todo el mundo, ofreciendo su esperma como vino de consagración para aplauso de una multitud ebria  no me escandaliza, pues supone una exhibición del poder de su raza y una demostración de su confianza que incluye el pene como objeto de culto y veneración. Pero que una chica joven, desinhibida con unas copas de más, acceda a abrir voluntariamente la boca para uno o para varios, en público, porque entiende que es lo que se espera de ella siendo parte de la juerga como un juego inofensivo-como quién dice beberse un chupito-, interpretando como algo divertido y apetecible el placer de un tercero desconocido que busca correrse en tu cara con suerte, representa el fin de mi sexo. Y eso, tiene un nombre y un refrán.        

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About me

Periodista, escritora y feminóloga. Agente de Igualdad. Autora de «Tratado sobre la nariz». Ponente y conferenciante. Traductora y jurado literario. Licenciada en Comunicación Audiovisual y Periodismo. Máster en periodismo de televisión. Máster en Igualdad. Experta en «nuevas masculinidades» y «ciberfemenismos».