
La publicación de las memorias de Robin Green, periodista de la revista “Rolling Stone” durante los años gloriosos de la contracultura, arroja una perlita que no pasa desapercibida: “En aquella época me acostaba con casi todos los tipos que conocía, así que ¿por qué no iba a hacerlo con aquel impresionante Kennedy?”.
El hecho de que una mujer airee sin tapujos su promiscuidad sexual resulta llamativo y altisonante aun perteneciendo a una generación que compra los lubricantes en la gasolinera y la píldora del día después en la farmacia sin pasar por urgencias. Se dice que vamos superando aquello de que el hombre que se acuesta con muchas mujeres es un macho alfa y, la mujer, esa palabra tan fea que empieza por la letra ge, aunque sostengo que es un paripé de boquita pequeña. La de la boca grande, sigue siendo garganta profunda (aunque salga en el Hola).
A las mujeres se nos enseña muy pronto que, cuando emitimos señales, debemos prever las reacciones y acarrear con las consecuencias… hasta el final. La chavala que con su movimiento de caderas y glúteos- el twerking -se contonea bajo la atenta mirada de unos cuántos, aunque esté dirigido a uno solo, es poco probable que contente a su conquista con un romántico paseo agarrados de la mano, cuando ha desplegado con su baile una invitación al viscolátex. ¿Cuántas veces el apetito sexual de una mujer ha servido para exonerar la violencia masculina? ¿Cuántas veces accedimos por no haber cortado a tiempo el magreo con la sensación de que ya era tarde porque habíamos llegado demasiado lejos? Las muestras de placer pesan en contra de la mujer y a favor de las circunstancias que conectan con la sexualidad de ellos, dispuesta y animosa para variar. Cuando te quitan las bragas has ponderado ya el gramo de placer y el kilogramo reputacional. Las repercusiones del interés mostrado, dictando a cuánto la habitación de hotel. La mirada social que animándote a comportarte como una mujer liberal, manteniendo una actitud confiada y asertiva, castiga por lo bajini con su crítica velada a base de post-its invisibles.
Durante demasiado tiempo a la mujer le iba la vida en su castidad. Toda posibilidad de casamiento pasaba por el virgo. Dichosa virginidad de los cojones. Porque iba para esos. Cuánta mujer ardiendo en la hoguera por un paso en falso, por esa excitación miedosa y Atlántica por todo lo que descubría y anunciaba dejándonos hacer un poquito más, y otro poco, por el amor desmedido a un hombre que creímos de cera. Cuánto recién nacido de penalti y, qué suerte, si no acababa en el torno de las monjas. La etiqueta de “mujer alegre” -siendo eufemística para mis lectores de misa y comunión-, persiste en una sociedad donde gran parte de la comunicación es directa, alambicada en la imagen y en lo que representamos a través de ella. En un país donde la prueba del pañuelo está a la orden del día para la mujer procedente de la etnia gitana, en un país, repito, donde el abogado de la defensa de la Manada preguntó a la víctima si no se había lubricado al dejarse besar por uno de los acusados antes de meterla al portal-entendiendo que manifestaba consentimiento y excitación sexual-, las sombras nos señalan. El runrún del liberalismo presunto que postula la libertad individual pero la censura si en el ejercicio de la misma implicas a terceros intocables. El murmullo de los que ponen en observancia el largo de tu falda y juzgan tu historial sexual sin tener ni puta idea. El patriarcado está servido y cocinan los de siempre. Los mismos que silenciaron y condenaron al ostracismo más cruel a tantas mujeres de antaño por no ser católicas, apostólicas y romanas hasta el recato, andan por ahí bajo togas distintas con fórmulas nuevas.
A la americana se le perdona la confesión porque en determinados ambientes, en el estatus alto de la movida cultureta -sexo, drogas y rock and roll-, se entiende que pueda pasar y hasta resulta presumible. Y tiene para todos. Se atreve a confesar que la fotógrafa Annie Leibovitz, creadora de las grandes portadas de la mítica revista y que, por cierto, acaba de fotografiar a nuestros Reyes por 140.000e el fotomatón, se ponía hasta las trancas. Alabada sea ella y todas a las que les gusten las trancas, pero, por si acaso, que no lo digan.