LA VAGINA DENTATA

Columnas de pensamiento sin subtitular. Viscolátex y rechinar de dientes. Oraciones de sujeto sin predicado. Epinefrina intravenosa. Blancanieves y los siete infiernos. Estimulación cerebral mediante succión. Enajenación mental no transitoria.

Impuesto de la feminidad

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El debate del feminismo con respecto al consentimiento es exigible en lo legal y reprobable en lo que a la intimidad de las mujeres se refiere. Consentir es dar autorización, expresar asentimiento y conformidad, pero cuando hablamos de sexo, es decir, de mantener relaciones sexuales con alguien a quien, a priori, deseamos, no deberíamos de hacerlo como si el consentimiento fueran los indeseables efectos secundarios de un fármaco o las inevitables probabilidades de muerte asociadas a una intervención quirúrgica. Si consideráramos el sexo como una experiencia deseable y atractiva para las mujeres, no hablaríamos del consentimiento, sino de su deseo.

 Mujeres de cualquier país del mundo y de cualquier edad, mantienen a diario relaciones deprimentes, previsibles y cero motivadoras. Concesión emocional que atraviesa el cuerpo por amor al prójimo; impuesto universal si has nacido mujer. El sexo es sinónimo de afecto cuando amamos a alguien, pero en una relación estable y duradera no basta con el corazón cuando nos han quitado la ropa tantas veces que, con la sorpresa inexistente, lo único válido debería ser la satisfacción del deseo unipersonal. La alcahuetería femenina a menudo se da en casa, con la connivencia de la costumbre carnal que impone sus propias reglas de acuerdo a los estatutos de dos, y que la mayoría de veces, suelen privilegiar a uno más que a otro. Tener encima de ti a alguien que quieres pero ya no deseas pues no lleva a destino tu deseo, se llama así. Tu cuerpo al servicio de otro es una donación usufructuaria en vida y una rendición del espíritu más íntimo. Aliento esencial para ellos y apnea más que superada para nosotras.

La mujer asume en su “debe” la preocupación desmedida por la satisfacción del deseo masculino definiendo el suyo como secundario, accesorio y marginal. Nos han enseñado que el orgasmo no es el objetivo final, que entregarse era suficiente rédito emocional pues hicimos felices a quién nos prometimos para toda la vida. Que el “casi llego”, las ráfagas de excitación que procuran las caricias sin culminación o los turnos que tocan de verdad no siendo tú preliminar para él, sino al revés, son el impuesto habitual. Pero cuando los acontecimientos que definen los ejes de tu existencia se han asentado, o han madurado ya- matrimonio e hijos- la búsqueda del deseo se convierte en un ejercicio de honestidad.

La radiografía del sexo en pareja arroja generalmente un diagnóstico crítico para la mujer, y lo más preocupante de todo, es la contestación de muchas cuando nos hemos interrogado por ello. El sexo insatisfactorio se pinta como una característica ambiental inevitable al que la mujer debe resignarse. Se produce una discordancia entre el discurso público que alardea de mantis sexuales y vibradores como regalo de Navidad para las virtuosas que añaden un juguete a sus sobreentendidas satisfactorias relaciones, y la confidencia privada entre madres e hijas, o entre amigas, que hablan de la realidad de sus cuerpos y de sus relaciones. Hablar sobre sexo no equivale a liberación, saber lo que te gusta no siempre depende del autoconocimiento, expresar deseo casi nunca es suficiente para hacerte un Meg Ryan. El placer y el derecho a experimentarlo forman parte de la Carta Magna de la mujer actual, pero casi nunca se cumplen. Se presuponen, se disfrutan alguna vez o en algún periodo de nuestras vidas con suerte, pero no resultan duraderos ni definitivos, sin esfuerzo, dedicación y tiempo; premisas que a la vida de la mujer se le presentan en intervalos escasos, y fraccionados, cuando vivir tu vida supone vivir la vida de los otros.

Dar consentimiento no es garantía de placer, y esa es probablemente una de las verdades más dolorosas del feminismo. Por eso el buen sexo -como afirmó en su día Foucault- lo dejamos para mañana.

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About me

Periodista, escritora y feminóloga. Agente de Igualdad. Autora de «Tratado sobre la nariz». Ponente y conferenciante. Traductora y jurado literario. Licenciada en Comunicación Audiovisual y Periodismo. Máster en periodismo de televisión. Máster en Igualdad. Experta en «nuevas masculinidades» y «ciberfemenismos».