
De todas las posibilidades identitarias que se le presentan a la mujer, la más decisiva resulta ser la maternidad. Tanto si decides ser madre como si no, la capacidad de ser madre te define irremediablemente.
La pulsión materna late en todo cuerpo infantil que sabe de su condición reproductora desde que nace con una vagina de serie. Sabes que tu cualidad de gestante es competencia irreparable porque va asociada a tu sexo involuntariamente, al menos, hasta la menopausia. Quedan los anticonceptivos, o los anticuerpos, si lo tienes tan claro que identificas a los espermatozoides como una sustancia dañina para tu organismo, susceptibles de ser portadores de un virus que podría convertirse en un ser de carne y hueso. El placer nunca ha compensado en la escala de la mujer independiente y autosuficiente, educada en el confinamiento de su cuerpo desde que pertenece a la mitad que sangra. Empujada en distintas direcciones, debe sopesar deseo y riesgo, a sabiendas de que su deseo sexual puede desposeerla del sentido de su vida en cualquier momento. Basta con que suceda una sola vez, para que sea toda tu existencia.
Teniendo en cuenta, además, que el patriarcalismo no podría sobrevivir sin la maternidad, el sistema condena a las “no madres” a ser papilla de reserva destinada a críos gulosos que dando cuenta de una necesidad fisiológica, se sirvieron de ellas alguna vez. Sexo de vaciado testicular sin simiente vocacional. Estigmatizando con el flis flis invisible de la rareza, la condición sexual alterada o desviada (lesbiana o mujer hombruna), el ostracismo de la infertilidad supuesta, la penitencia de la fealdad o simplemente la sospecha que te convierte en indeseable persona, e inacabada mujer, porque algo pasa contigo. La renuncia a la maternidad te sitúa en los márgenes de las sociedades colectivistas que postulan la cualidad de madre como servicios mínimos a la civilización, aspiración máxima de la feminidad e indiscutible axioma de la naturaleza. Sujetos femeninos que por no encajar, no existen en el censo ideal. Suelen ajustarse más a las sociedades individualistas donde el discurso cambia en lo estético pero permanece en lo residual, cuando en una entrevista de trabajo todavía preguntan o la obligada justificación sobrevuela una reunión social. Aunque supone un jaque cuando la pareja interpela porque tu renuncia define el tablero común.
El otro día, en una entrevista al director del Observatorio Demográfico, escuché decir que “la mujer actual que prescinde de la maternidad, no está creando una red afectiva en el futuro”.Como si el sustento no pudiera ser una misma. Como si la mujer no pudiera desligarse nunca de su condición de alteridad. Como si la vida sin hijos, fuera una vida no vivida. Ja. En la maternidad, una mujer intercambia su prestigio público por una serie de significados privados. Puede que tales significados no te interesen, o sean otros que, siendo madre, nunca llegarían a ser. No ser madre es una manera de ser mujer. De ser tú, sin género de dudas. Preservar tus intereses, tu carrera profesional a salvo de interrupciones, o tu independencia, pasa por una ligadura de trompas a tiempo. O un aborto si has llegado tarde y tus principios lo permiten.
Para muchas mujeres, la maternidad supone asumir la feminidad completa. El estatus común de tus semejantes que tarde o temprano se convierten en gestantes y que interrogan con sus barrigones tu vientre vacío. “Algo le falta” a la mujer que da respuesta introspectiva a la gran pregunta de su sexo. Algo marcó su historia personal vista su fallida configuración. Algo que nunca entendieron las demás y que para ella emerge como una verdad irrefutable: se puede llegar a ser una mujer y no ser más que un espectro, pero también se puede llegar a ser madre y no ser más que una ausencia.