
Viendo la entrega de los SAG Awards- premios cinematográficos otorgados por el sindicato de actores de Estados Unidos- donde una deslumbrante Sofia Vergara apareció vestida de rojo con uno de sus característicos escotes corazón y un ceñido que urgía al marcapasos (con esta mujer todo tiene que ver con la cardiología), me rindo a la evidencia masculina. A la presunción de erección que la exuberancia provoca, y que la mujer por lo general discrimina, y aplaude si no queda más remedio.
La voluptuosidad llama la atención sin pretenderlo. Resulta imantadora seas hombre o mujer. Nadie resiste la mirada furtiva, aunque sólo sean un par de segundos, a la alteración de proporciones que aplicadas a determinados atributos físicos, resultan una obra de arte de indiscutible catalogación. Tampoco hace falta parecer musa de Botero, más bien basta con ser una “maja” que, vestida o desnuda, nadie cuestionaría su gracia, pues su rotundidad es para colgarse. Esas que alteran la media para sobresaliente de unas pocas, y suspenso generalizado del resto, donde ninfas y mortales se entremezclan sin justicia ni piedad.
La curva se desea tarde y se deshecha pronto. Se aspira a ella en la tardo adolescencia, cuando habiendo escaneado la mirada masculina, justificas el éxito de la que siendo tan fea compensaba con tetas o un buen culo, y se desestima, cuando los efectos secundarios de los embarazos han atravesado tu cuerpo para siempre. Cuesta entender que el hombre se enamore de una parte de la mujer y sirva para compactar el resto, cuando para nosotras el hombre resulte ser uno entero desde el principio. Yo nunca amé a un hombre por tenerla grande, más bien le amé a su pesar. Entonces quise casarme con él, pero esa es otra columna. Amamos lo que viene de serie mientras ellos aspiran al full equip. Cuánta mujer con airbags de pago, previendo el accidente de cuerpos, esperando vivir toda la vida del seguro. La volumetría y el plátano es apuesta de monos.
La mujer que inventa el hombre es carne de placer y bólido de escaparate pero no deja de ser una ilusión óptica. Y un fraude. A mí los ojos se me gastan rápido- malcriados, caprichosos y poco de fiar-, pero apuntan bien cuando ven algo que emparentando con mis gustos, mis complejos o mis deseos, se localizan en mi campo de visión. Ellos son mucho más instintivos. Se comportan como los animalitos que son, pues su agudeza visual es semejante a la del lince y porque caen como moscas. La elementaridad de su mirada es tan previsible como la mía cuando detecto un bolso Louis Vuitton. Sólo que ellos de eso no entienden, y menos mal, porque si no sabría cuánto cuesta el que cuelga de mi brazo y lo colgaría en Wallapop. Yo en cambio sé perfectamente qué es lo que se le pasa por la cabeza cuando las ve botando. Te acostumbras, deja de escocer cuando la costumbre le incluye a él y no tienes por costumbre cebarte con ella por jugar a tenis: fair play.
Mi belleza de serie no incluía el Wonderbra, pero si me dejaran elegir a dedo un atributo antes de nacer, seguirían siendo opcionales. Entiendo la fantasía del hombre, pero aspiro a ser realidad ante mi semejante. Para cinco minutos, o menos, de gusto epitelial y epidérmico, no compensa no poder dormir boca abajo, prescindir de según qué ropa, y aguantar que según quién te desnude sin querer por transparente e irremediable movimiento. Ahora bien, aunque Sofia Vergara no sea la Loren, no impide que compartan nombre y atributo, y que en el primer plano puedas llegar a confundirte hasta acabar jugando al pito, pito, gorgorito. El alboroto y el aturdimiento vienen siendo más las ondas y los volúmenes que las líneas rectas. Por eso los grandes creadores de la moda, homosexuales todos, despojan a la mujer de todo atisbo de sexualidad reduciéndola a esqueleto y nada más. La frivolidad para que brillen sus creaciones confinándolas a ser percha para asepsia de coleccionista sin que huela a jungla. Para todo lo demás, Tarzán seguirá buscando a Jane. O a Sofia.