LA VAGINA DENTATA

Columnas de pensamiento sin subtitular. Viscolátex y rechinar de dientes. Oraciones de sujeto sin predicado. Epinefrina intravenosa. Blancanieves y los siete infiernos. Estimulación cerebral mediante succión. Enajenación mental no transitoria.

Domingo de carnaval

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La gente anda preocupada por la inmortalidad cuando en realidad no sabe qué hacer con su vida un domingo por la tarde. Tanto ayuno intermitente, polinucleótidos y vaso de agua con limón en ayunas- la Preysler, con lima –, para acabar aburrido como una ostra el día sagrado.

El séptimo día es un cajón desastre o una caja de Pandora, según quién. Lo mismo cabe el running mañanero con brunch familiar y contouring de tutorial (el domingo influencer), que el despertador de los niños, que viene siendo el tuyo, obligándote a ejercer de maestra de ceremonias desde primera hora con el pollo sobre la encimera que no es de Silestone aún por asar, y la casa sin barrer (el domingo proletario). A menudo en las entrevistas dominicales cuelan esa pregunta de cómo sería tu domingo perfecto. Y parece que siempre es carnaval, porque sólo sale Pinocho. Qué manía de customizarse para epatar a la clase media a la que perteneciendo ellos, desdeñan bajo califatos de palo. Cuánto moro disfrazado de sultán. No hay más que ver a Koldo. Estoy convencida de que Ábalos va a desfilar pronto, pero eso tiene más pinta de suceder un lunes que un domingo, aunque venga ensayándose toda la semana.           

 Lo fascinante de los domingos es su carácter profético. No es ningún secreto que la quietud y el descanso posibilitan el silencio introspectivo. El sosiego que desprovisto de compromisos familiares y obligación profesional, visibiliza la boîte domiciliaria. El día que deseando escuchar «la Lambada» sólo acerté a oír el «Réquiem» de Mozart, entendí que mi matrimonio había acabado. Y eso que por aquel entonces, aún se sintonizaba algo.

El domingo resuelve ser una carretera secundaria con áreas de descanso de tanto en tanto, y el resto, una autopista intransitable. El atasco de las insatisfacciones y las limitaciones que ponen de manifiesto los sueños pendientes y que amenazan tu estabilidad. El cuello de botella a la altura del diccionario, que procurando acepciones distintas, evita la congestión de lo íntimo. Esas pequeñas miserias que hundimos en el café, haciéndolas desaparecer de un trago, hasta que arrojadas violentamente por la boca resulten contenedoras de la verdad y nada más. Vomitar y listo.

Las señales que de lunes a viernes se visibilizan entre el papel Albal estrujado de la merienda de los niños y el vaho del espejo por la mañana, nos interpelan sin respuesta. Reflejo que se antoja de reojo, no vaya a ser que mirarse en serio sea epitafio ya. Hombres y mujeres tan remangados como un tubo de pasta de dientes a punto de acabar, sonriendo hasta la muerte para gloria de peritos instagramers postergando la mortaja del último selfi. Basta con cerrar los ojos e inventarnos el mundo. Como decía aquel, inyectarse cada día de fantasía para no morir de realidad.

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About me

Periodista, escritora y feminóloga. Agente de Igualdad. Autora de «Tratado sobre la nariz». Ponente y conferenciante. Traductora y jurado literario. Licenciada en Comunicación Audiovisual y Periodismo. Máster en periodismo de televisión. Máster en Igualdad. Experta en «nuevas masculinidades» y «ciberfemenismos».