
Las imágenes del inmueble de 138 viviendas y 14 plantas ardiendo en Valencia, recuerdan a las del edificio Windsor y a los primeros planos de las Torres Gemelas envueltas en columnas de humo. Son la clase de imágenes que cuando uno trabaja en una redacción de noticias, sabe que no necesitan grafismo, ni rótulos, ni voz en off casi, porque se venden solas para gloria del editor y la escaleta, y el espectador pegajoso que consume las imágenes con las propiedades del Loctite.
El drama humano de las personas que perecieron no necesita adjetivación. Haremos un Borges, maestro de la economía del lenguaje que, prescindiendo del uso del adjetivo, cuando colaba uno, resultaba simplemente inapelable. Irreparable y punto. El relato de la muerte, el de los muertos, siempre lo articulan los que programando el centrifugado de la lavadora a la mañana siguiente, vislumbran a través de ojo de buey el agujero negro que seremos. He leído que una familia se dejó el gato dentro o que alguno tuvo el tiempo justo de echar mano de la cartera, las llaves-ay-y la cartera. Pero más allá de los sentimentalismos propios de una catástrofe de estas características pensando en la foto de boda sin negativo que jamás volveremos a ver, en la única Nancy o en el primer Madelman que conservábamos todavía para incredulidad de nuestros hijos, o en el título de la universidad firmado por Don Juan Carlos, lo que ardía era el símbolo del capitalismo doméstico. Los diez mil euros que me dejaron mis padres para la entrada. Los seis mil euros a plazo fijo de mis suegros para escriturar. Los casi mil que se llevó Hacienda en concepto de donación. Los ahorros de tres años sin vacaciones y coche de segunda mano. Toda una vida en cash. Contemplábamos el achicharramiento del contrato hipotecario del individuo que no pudiendo echar mano de las cláusulas chamuscándose en el cajón del aparador, se preguntaba incrédulo “ahora qué”. Si dicho acuerdo convenía la rescisión automática del crédito financiero en un caso así, sin opción a dación en pago, o si escuchaba ya el rechinar de dientes imaginándose de por vida atado a una hipoteca de un bien inexistente, arrasado inexplicablemente en treinta minutos. De la crisis del ladrillo a la crisis del aluminio. La causa de la incontrolable propagación, apunta ya a distintos materiales presentes en la fachada del edificio.
El españolito medio, indefinido y fijo, y si es funcionario mejor, elige la vivienda como primer revestimiento para alicatarse en el IBI. El pisito que en muchos casos no llega a ochenta metros -en el extrarradio pero de promoción nueva con suerte-, y que inmediatamente te concede la ciudadanía europea, esa que creías secundaria y lejana, como un primo por parte de madre que sabiendo de su existencia ignorabas, por falta de trato y geolocalización difusa, y que de repente, y sin avisar, se planta en tu casa: el Euribor. La domiciliación bancaria, resultado de la salida a hombros (algunos a patadas) del coso familiar, justificada, hasta entender que te corten dos orejas y el rabo-algo que sucede entre los días uno y cinco de cada mes cuando el setenta por ciento de tu nómina desaparece-, es sacar el pañuelo blanco pidiendo auxilio. ¿Y ahora qué?
En las Torres Gemelas vimos caer un ícono del escaparate financiero de EEUU, apostando a que el atentado contra los rascacielos del World Trade Center atravesaría el campo simbólico de toda una nación, y en el caso del edificio Windsor que tanto ha dado que hablar- hasta el recomendable documental de Netflix-, dedujimos que el accidente provocó daños a un símbolo que, más allá de su valor arquitectónico, resultaba intocable por lo que albergaban sus entrañas. Ya nos enseñaron con el Watergate que las vísceras del poder suelen cocinarse tras el hormigón. Nada nuevo. Esqueletos de ladrillo visto que vienen a representar lo que somos cuando hablamos de micro y macroeconomía en pijama y en pantuflas, o desde el Despacho Oval de la Casa Blanca que viene a ser la Moncloa patria. Al final, va a resultar el mismo incendio.