
La desviación más sangrante de todas las protagonizadas por el feminismo en la última década, ha sido la personificación de la pornografía en las generaciones de mujeres más jóvenes. Partiendo de la base de que la sexualidad masculina es básica y primaria, y en el caso de la sexualidad femenina, más elaborada y litúrgica, el papel de “cooperador necesario” de la mujer, resulta innegable e imperdonable. Si su coautoría, además, parte del permiso y de su predisposición a ser y a hacer lo que ellos quieren, al margen de lo que ellas desean, la frigidez y la insatisfacción están servidas, y el vacío, en el plato de postre.
Uno resulta ser hijo de su tiempo y de sus costumbres. Ciertamente el paradigma sexual ha cambiado fruto de la liberación sexual femenina y el acceso a los métodos de control de la natalidad, permitiendo a las mujeres después de siglos padeciendo el yugo de la biología donde el cuerpo era destino, protagonizar su relato físico por primera vez. Mantener relaciones sexuales sin el miedo de quedarte embarazada tuvo que ser algo asombroso e inverosímil casi, pero faltaba incorporar el placer que nunca fue un goce automático, sino más bien al revés, para ser histórico. El padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, no consiguió nunca elaborar una teoría sólida sobre el deseo de la mujer, probablemente dada su complejidad, aunque acuñó con gran éxito el concepto de “envidia de pene” para la posteridad. La visión de los genitales masculinos cuando no existía televisión, ni educación sexual ni de ningún tipo- analfabetismo y pecado, en ese orden- tuvo que ser algo monstruoso, y en la práctica, elijan ustedes el adjetivo porque yo no me atrevo. Generaciones de mujeres que padecieron la penetración como un remango de vestido y combinación y mirada fija, suplicando mentalmente las primeras veces, y como un trámite descorporeizado pensando en hacer la comida o en llenar la bañera de los niños cuando ya era puta costumbre . “Close your eyes and think of England”, aleccionaban las madres a sus hijas en la época victoriana, antes de la noche de bodas, animándolas a que pensaran en los verdes valles de Inglaterra mientras aguantaban el trago con los ojos cerrados. Yo no me imagino pensando en el “Peine de los vientos” la verdad, pero siempre me pareció que el recurso de la deslocalización debería enseñarse en casa, entre nosotras, pues han sido muchas más las veces que he estado en otro sitio que en la cama dónde me geolocalizarían si me buscaran con el aparato (con ambos). Todas cerramos los ojos alguna vez. Porque toca, porque debo, porque a él le apetece, porque él quiere, porque él necesita, porque hace mucho, porque si no…
Cuando observo que la mujer del siglo XXI ha incorporado los valores masculinos en su propia identidad- autosuficiencia, independencia, ansia de poder- maldigo que lo haya hecho también en su sexualidad. Me cuesta creer que el magreo simple, el preliminar sólo para ellos, la penetración sin permiso y sine die, y la predisposición 24/7, sean referenciales cuando hablamos del placer femenino. Que el bukkake, las orgías, los sometimientos o la felación en la discoteca manifiesten los deseos de las adolescentes. Cuánto fingimiento justificado en nombre del corazón, pues no nos engañemos, la mujer ofreciendo sexo seguirá buscando amor. Un pornógrafo difícilmente llegará a amar a una mujer. La configuración de su sexualidad jamás la librará a ella de convertirse en un objeto de su propiedad. Mercancía a medida, susceptible de consumo preferente hasta nuevo palet. Carne de origen animal sin rastro de humanidad. Alteridad a la carta.
Si después de tanto abrirnos de piernas, esta es la mujer y este el deseo en la era del consentimiento, va a tener razón Freud.