
La curiosidad más fuerte de las mujeres, aparte de la que suscita el amor romántico y el deseo sexual encarnado en un hombre determinado, suele acabar en su propio sexo. El interés que se centra exclusivamente en nosotras, en “las mujeres tipo” que encarnan el eterno femenino generando modelos de admiración y asombro.
La mujer empieza a ser hermana una vez superada la competencia sexual. Los años de pubertad y primera juventud no brillan por su sororidad. Mantenemos nuestro núcleo duro de amigas claro, pero con subyacente hostilidad hacía el resto. Me refiero, a cuando empezamos a experimentar el potencial femenino completo que incluye la aparición de la regla, la rivalidad sexual y el control del grupo de chicas. Cabalgar sobre las olas del estrógeno y la progesterona durante la pubertad cuando toda razón de ser biológica es sentirse sexualmente deseable, nos convierte en enemigas. Al menos, durante algún tiempo.
No creo que tener hijos suponga encarnar la feminidad adulta, pero sí que representa el golpe seco de un siniestro total. Sólo una vez sacada la cabeza del amasijo de hierros, empecé a vislumbrar el esqueleto del resto.
Que las mujeres viven sus días como una fragmentación, es tan aplaudido como el hecho de que conciban su discontinuidad como una continuidad silenciosa: no te quejarás, no consentirás deseos propios, no tomarás el nombre de la mujer sobre el de la madre… San Judas Tadeo es mi apóstol favorito. Me chiflan las mujeres que concibieron la anarquía y la desobediencia civil en su grupo sanguíneo. Ahora mismo, a la mujer que resiste al estereotipo de belleza de consenso actual, rechazando la transformación y la uniformidad devenida en fotocopia, me la llevo de camino a casa apostando el resto. Y no se trata de dejarte las canas, las arrugas sin pinchar y las varices sin intervención, porque se puede reivindicar la personalidad desde el cuidado personal y su consecuente afirmación estética. Digo, las que mantienen su personalidad al margen de las modas y las miradas quirúrgicas que interpelan a cada rato. Las que sabiendo lo que un hombre encuentra atractivo y deseable en una mujer, dejan de dar respuesta al sueño del hombre repetido hasta la náusea pectoral porque simplemente son ellas mismas. Todas hemos jugado al Parchís del vestido ceñido, el escote en uve y los tacones para que cuenten veinte. ¿Y? El cuerpo no cosifica si sirve a intereses propios, más bien empodera. El cuerpo es poder si lo gobiernas tú, pero pasa a ser un poder fáctico- un grupo de presión- si lo ejercen otros. El cuerpo encierra la educación física de la mujer del patriarcado pero no por ello deja de ser una educación moral. Cronificar el efecto tensor de la juventud en vez de celebrar la distensión de la madurez es caer en la trampa del cuento.
A mí, de un tiempo a esta parte, sólo me interesan las musas. Las que habiendo sobrevivido a las catástrofes de sus cuerpos después de entregarlos sin plebiscito a la biología, a la manutención del amor romántico, a la consagración del mito masculino a través de el escaparatismo y la disposición, y a la servidumbre de la maternidad, liberan, al fin, a la mujer auténtica. La que asoma tarde habiendo pagado con su vida los mitos fundacionales de la feminidad, pero a tiempo para reinventarse. Esas, que son legisladoras de lo invisible, y que a estas alturas, son las únicas que me interesan.