
El reciente “activismo menstrual” a favor de la visibilidad y la normalización de la menstruación en el espectro público, ha venido tomando impulso hasta llegar a los museos. Pero me pregunto hasta qué punto obras como “Menstruation Bathroom” donde se aprecia un cuarto de baño lleno de compresas y tampones usados repartidos por el suelo y la papelera, resultan efectistas y necesarios. En todo caso, para la reivindicación de la denominada «pobreza menstrual» que denuncia la dificultad para adquirir productos de higiene femenina, pero es que no estamos en Jordania. Creo que el pinchazo telefónico al actual rey de Inglaterra, Carlos III, manifestando en una conversación telefónica privada a su amada Camila “quiero ser tu tampax”, contribuyó más a la causa – y con más calado público- que la performance museística.
Los tabúes con respecto a la menstruación han existido siempre. La proscripción de la regla y la cultura de la ocultación que la rodea han sido hasta ahora una realidad. Que el sesgo era de naturaleza femenina ni lo nombramos. A mí, en el colegio, me enseñaron que todo ese trabajo físico y psicológico de espera y preparación- el síndrome premenstrual- hasta la expulsión involuntaria, no era más que el resultado de un embarazo inexistente. “El cuerpo de la mujer, cada mes, deshaciendo la cuna” como afirmaba Beauvoir. ¿En serio, me pasaba siete días con la tripa hinchada, ojerosa y sensiblera, por pertenecer a esa mitad que sangra? Desgraciadamente así era, y en nada contribuía que otras compañeras pasaran por ello sin somatizaciones concretas y con la habilidad pasmosa de ponerse un tampax como un pendiente en la oreja. Era, durante diez o doce días al mes, un producto de la biología, y el resto, biografía.
Que la sangre de la mujer es distinta a la del hombre y el animal, es una obviedad. “ Sucia”, “asquerosa”, “repugnante” … y hasta ahí, que huele fatal. La troika de la religión, la cultura y la sociedad, ha inoculado bien la suciedad de nuestro sexo asociado a su destino biológico. Suciedad que, por cierto, permitía la limpieza de toda la civilización consistente en el relevo generacional que salían de nuestros sexos sangrantes. Ahora bien, que la regla salga del armario sin pudor ni pundonor, como un grafiti comestible, es para pensarlo mejor. Que las nuevas generaciones están aprendiendo a no avergonzarse y a no tapar la menstruación es algo evidente y deseable, pero de ahí a encontrarme una fotolitografía con un primer plano de una mano que extrae un tampón de la vagina devenida en una obra icónica hay un salto. El salto del pudor y el buen gusto para empezar. Porque yo en contra del exhibicionismo militante, reivindico el pudor de la inteligencia que nada tiene que ver con el recato. Si nos ponemos así, ¿por qué no plantamos el proceso de defecación con un chorongo atravesando el esfínter, mitad dentro, mitad fuera, para derribar el tabú de lo escatológico en el Guggenheim? Yo voto por poner baños transparentes, sin distinción de sexos además. Contemporáneo total.
Carmen Calvo ha dicho que » tener útero no es voluntario”. Obvio. Tener testículos tampoco. ¿Qué pasa con el semen entonces? ¿Acaso no está rodeado de una visión androcéntrica también? ¿Asociado a la potencia viril? ¿A la responsabilidad última del proceso de fecundación? Anda que no hay hombres en las salas de reproducción asistida por vagancia… ¿Y el hedor? ¿La textura mutante de líquido gelatinoso a pegote sólido? No soporto las manualidades.
Yo cuando oigo eso de que la regla no debe de ser impedimento para seguir manteniendo relaciones sexuales y que el cunnilingus mola más en esos días, me da por plantearlo al revés. Porque yo, honestamente, no me lo tragaría.