
Viajar en avión cuando tienes miedo a volar es como plantarle a mi hijo de seis años el payaso asesino entre las sábanas quitándose el disfraz : tu peor pesadilla.
Al menos las pesadillas nocturnas se localizan durante la fase REM del sueño- dando buena cuenta de la incrustación del miedo en cuestión-, pero la aerofobia empieza desde que pasas la Visa y te llega el localizador al móvil. La ansiedad anticipatoria es una agonía in crescendo hasta que en pleno vuelo se apaga el símbolito del “please fasten seat belt”. Entonces busco la luz teológica. Yo es subir las escalinatas del avión, e imaginármelas en sentido descendente, cadáver ya. Aunque a saber. Lo mismo te hacen un Bayona y acabas en un crowdfunding de supervivientes. Como mucho estaría a dispuesta a pegarme la ostia con todos, pero sin ser la hostia de nadie.
La fase grafológica es la más discreta. Los dedos que pasan entre los cartílagos nasales recorriendo las cejas hasta las orejas como dibujando una eme repetida, suele pasar bastante desapercibida. No puedo decir lo mismo del movimiento oscilobatiente de cintura para arriba y el pie dale que te pego al imaginario pedal de resonancia. La cultura puede ser cualquier cosa menos un fenómeno invisible. Aunque la más profesional de todas las fases es, cuando haciendo como que repaso mentalmente mi agenda del día– nuca en respaldo, ojos zigzagueantes- estoy buscando las salidas de emergencia en caso de amerizaje y pasajeros susceptibles de acabar como Dicaprio en el Atlántico. Dudo entre el baboso que me ha dejado pasar primero en la cola de facturación para llevar a cabo una disertación sesuda de mi retaguardia y la pelo paja que mantiene el efecto ciclogénesis en su jeta pinchada hasta la tráquea. Seguro que flota.
La evidencia científica la dejo para el final. La fase de cribado basada en la detección precoz de individuos capaces de ir leyendo un libro, ojeando el móvil o en ir dormidos sin reclinar el asiento (el colmo de un pasajero), destinada a buscar target en caso de siniestro, y cuya función de geolocalización permitiría atacar el objetivo con la precisión de un dron estadounidense en suelo afgano. Tengo claro que mi presunta antropofagia empezaría por comerse a esos. Es más, los sobados primero (me pirran).
Siempre me ha fascinado la simultaneidad del instante. La certeza de que mientras yo echo unos dados con la parca, otros andan rescatando rehenes en Gaza, enamorándose en la otra película de la sala de cine, calculando el índice de masa corporal según la báscula física o psicológica, entrando en un quirófano o saliendo del corredor de la muerte corpore insepulto. La estadística humana me mata. El sincronismo del Chronos es metafísico y su belleza radica en la posibilidad del infinito. Todo el mundo sabe que el libre albedrío es especular. Que todos estamos dentro del mismo espejo aunque con distinta fotogenia. Algunos, directamente aprietan el gatillo. Yo, por ahora, sólo soy como la canción de Mecano: oxígeno, nitrógeno y argón.
Sólo falta saber si muero a lo Tarantino, seccionada por el cinturón de seguridad tras varios minutos de caída libre, o a lo espeto gaditano, vuelta y vuelta, abrasada por el Queroseno. Menudo cuadro. Me gusta pensar que, al menos, sería un Picasso.