
El reciente descubrimiento de que la frigidez de una mujer es consecuencia de un mal funcionamiento de la amígdala, me preocupa. ¿Qué posibilidades tengo yo de intervenir sobre un conjunto de neuronas que forman parte del sistema límbico y se localizan en la profundidad de los lóbulos temporales?
Menos mal que siempre queda la esperanza- presuntamente-, y si no, la realidad anular.
La neurocientífica estadounidense asegura que una paciente suya pudo alcanzar el orgasmo tras prescribirle Valium para un contractura en el cuello. Debido a su ingesta, el ansiolítico desactivó la amígdala, lo que favoreció el flujo de los circuitos de placer provocando el gustirrinín. Menuda viciosa. La amígdala digo. Aunque tranquilamente podían ser las dos, porque ponerte al asunto con una contractura de ese tipo, teniendo en cuenta que es la parte del cuerpo que une la cabeza con el tronco, y que por ahí pasan todos los riegos- el Ebro del cuerpo humano- es de degenerados. Aunque eso sería como negarle la sexualidad al físico Stephen Hawking y a la Reina Madre y yo no soy retorcida.
El ensayo también señala que aunque las constelaciones neuroquímicas y neurológicas tengan que alinearse para alcanzar el clímax “ el mal aliento, el exceso de babeo, un movimiento torpe de la rodilla, la mano o la boca, puede reanudar la acción de la amígdala femenina y cortar el interés sexual”. A mí si el tipo huele mal le impondría la distancia COVID para empezar, y la norma básica de las meretrices de los lupanares si ya ha empezado. Conste que yo la mononucleosis la contraería de un donante elegido pero nunca impuesto. Si babea, le impondría el uso obligatorio de mascarilla , y a las bravas, espuma de poliuretano. Y llegado el caso, si al fulano se le ocurre interrumpir el breve secuestro de la amígdala por un movimiento inadecuado, directamente no pediría rescate por él.
La anécdota más divertida de la disertación es la justificación del uso del vibrador por parte de muchas mujeres. “No tienes que preocuparte de la relación, del ego de la pareja, de si él eyaculará demasiado pronto, ni de qué aspecto tienes en la cama. Un vibrador aplicado en el clítoris puede proporcionar en menos tiempo un orgasmo más fácil”. De inmediato me vino Rocío a la mente. Una amiga divorciada que, después de tantos años sin sexo, se acostumbró tanto al artilugio, que cuando mantuvo una relación con un hombre advirtió que éste no hacía tan buen trabajo como el chisme mecánico. Una romántica de manual. Al final, tomó medidas drásticas: enterró su vibrador en el patio de atrás para obligarse a sí misma a acostumbrarse a un pene real.
Sigo pensando que se equivocó de muerto.