LA VAGINA DENTATA

Columnas de pensamiento sin subtitular. Viscolátex y rechinar de dientes. Oraciones de sujeto sin predicado. Epinefrina intravenosa. Blancanieves y los siete infiernos. Estimulación cerebral mediante succión. Enajenación mental no transitoria.

Bon appétit

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   Hoy he prometido a una persona importante en mi vida, que escribiría sin necesidad de leer detenidamente las instrucciones de uso y consultar con el diccionario. María Moliner descanse en paz.

   “Piensa en mi madre que tiene 80 años” dice. Pero es que yo escribiendo sobre el audífono, la nuera lagarta y el Indasec- perdón, compresas para pérdidas de orina- no me veo. Ideas tengo, por supuesto. Quedarte sorda de golpe, o progresivamente, tiene que ser desesperante en lo social y reconfortante en lo doméstico. Por el otro sordo de casa, digo. Es un decir. Porque ciego también está. Algunos desde el último parto. Los más afortunados, desde que estuvieron en el Musée d´Orsay viendo “el origen del mundo” de Courbet (búscalo en Google). No está el mundo para traer niños la verdad. Que si calentamiento global, que si revisionismo histórico, que si desarrollo sostenible, cultura woke… tu madre se ha perdido ya. Es que los millennial y los de la generación zeta también me leen, ¿sabes? ¿Y a esos qué les doy? El móvil por supuesto. Yo creo que les mandas leer un prospecto y no saben. Dentro de poco, los manuales de uso de los electrodomésticos nuevos, los atajos de los videojuegos y el libro de configuraciones del coche eléctrico, vendrán con un código QR y a correr. La pandemia fue visionaria en eso. Ir a un restaurante y que te plantaran el cuadradito en blanco y negro en mitad de la mesa era acojonante. A mí me entraban ganas de comérmelo todo.

    Reconozco que se me abre la boca con cualquier cosa. Ahora mismo, menos un tomate francés- incomestible y falsamente categorizado como bio; un fraude de manual- me comería cualquier cosa. Producto nacional o internacional, yo no le hago ascos a nada. Soy una liberal de manual. Aunque después de escuchar a  nuestro presidente invitando a Segolène Royale a venir a España a probar nuestros tomates, tengo mis dudas. Me ha resultado tibio. Como cuando te vas a beber una manzanilla con anís y su temperatura resulta determinante para tragarla sin resultar insoportable. Desaborido de diplomacia pordiosera e infantil. Por momentos pensaba que iba a salir el Pato Donald, no digo más. Que Pedrito sueña con Eurodisney es un secreto a voces, pero de momento ahí anda, de un lado para otro sin que nadie le vea entre la alcantarilla presidencial y la cloaca ministerial, a ver si se come algo sin caer en el cepo de Junts. Con lo fácil que hubiera sido invitar a Royale a la fiesta de la Tomatina de Buñol. Soltarla en una calle sin salida, y el resto al camión. Y al lío. Tipo raf, kumato, ramaillet o huevo de toro. Menú degustación oye. Y si buscamos un destino más europeo- por aquello de la globalización y el libre mercado-, tengo claro que le mandaría a Ucrania, concretamente a la ciudad de Melitópol o alrededores ( zona ocupada para entendernos), a ver qué hacía si se encontraba con un tomate de la huerta del valle del Ebro entre los escombros. Yo digo que se lo comía con piel y restos de metralla. Tomate de temporada.

     Tu madre estaría de acuerdo conmigo. Aunque preguntaría que quién es Segolène. “Dame una pista”. “Ni hablar”. “Venga, anda”. “Bueno… una solo”: se inspiraron en ella para la canción de este año candidata de España al certamen de Eurovisión.  

     Menos mal que hoy no hay servicio de traducción.

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About me

Periodista, escritora y feminóloga. Agente de Igualdad. Autora de «Tratado sobre la nariz». Ponente y conferenciante. Traductora y jurado literario. Licenciada en Comunicación Audiovisual y Periodismo. Máster en periodismo de televisión. Máster en Igualdad. Experta en «nuevas masculinidades» y «ciberfemenismos».