
Leyendo los digitales que se actualizan cuando canta el gallo, brioche en mano, doy con una entrevista a una orientadora de Educación Infantil con dos titulares que tengo ganas de untarlos por ver si empapan hasta la desintegración. Lo que se dice sujetarlos con los dientes frontales y las encías para iniciar el proceso de masticación y posterior trituración.
“Los profesores de Infantil no hacemos sólo collares de macarrones”, “ No hay nada más bonito que un futuro lleno de gente feliz”. Se ve que sólo ha leído a Aristóteles. Yo le regalaría “Un mundo feliz” de Aldous Huxley pero ya no puedo solicitar el Bono cultural.
La perlitas es una maestra de Educación Infantil que publica un libro- “Felices en la escuela”- con pautas de crianza y de orientación escolar para las familias y educadores. O sea que viene a hacerle la competencia a la Montessori. O a Steiner. A saber. Lo de ser feliz en la escuela me escuece pero sin llegar al sarpullido. Aunque en honor a la verdad, si eres un niño escolarizado en España donde determinados cursos no se repiten, donde los sistemas de evaluación y el temario de los libros de texto no aguantan una legislatura, allí donde la exigencia, la meritocracia y el sacrificio se disuelven en términos de igualdad, normalización y títulos equivalentes al bono basura, puede que efectivamente alcances la felicidad. El paladín del mediocre, el justito del decimal, el vago ocupacional y estadista de bulto. Lo preocupante es que con un título otorgado per se, habiendo desterrado el esfuerzo y la excelencia a base de desarmar toda jerarquía intelectual aupando el raspado y las recuperaciones, puedes acabar haciendo collares de verdad. Si tu hijo resulta ser beneficiario del plan de los 500 millones anunciado por Pedro Sánchez tras el fracaso del informe PISA, yo me haría ciertas preguntas.
“El niño no falla. Si suspende, ha suspendido el docente”. Suspende el sistema. El Plan nacional de educación sin cafeína, sin colorantes y sin conservantes que desecha todas las asignaturas de humanidades y que acabará edulcorando la dictadura de Franco y el terrorismo de ETA porque no sabe a nada. Asepsia institucionalizada con chirigota de fondo y abanico al aire que “hace mucha caló”. El sistema necesita aire urgentemente, y si viene de Finlandia o de Canadá mejor. Todo el mundo sabe que por los caminos convencionales no se accede a casi ningún sitio, por eso el sistema adolece de una bicefalia público/privada que permite a los progenitores pudientes proveer a sus hijos de recursos pedagógicos de ascenso profesional y social a través de la declaración de la renta doméstica. ¿Acaso no marcarían todos la X? A estas alturas nadie cree en Dios. Acabaremos todos, comiendo macarrones.