
Odio lo pre y lo pos. El prefijo que por lo general inaugura el cotarro con bombo y platillo de selfi testimonial, al pos o post, que salda la cuenta del evento en positivo, o sea con propina. Léase las famosas prebodas y los tratamientos chachis del los pijos ibizencos posresaca (intravenoso todo). En el primer caso no hay amor, y en el segundo, mucho dinero. Si se juntan ambas, tienes un Hola.
Las cenas anteriores a las bodas me dan reflujo. Aunque el retroceso del espumoso que recorre el interior de mi víscera hueca resulta menos letal, porque suele ser champán y no cava. Como de lo único que entienden es de marcas, prefieren servir un Moët o un Mumm que un Gramona. Tontos perdidos. Lo de estar faltos de entendimiento lo ignoran completamente, lo de estar perdidos está al caer. Hay que llegar al divorcio. O sea al pos. Generalmente me suelen caer mejor que cuando están en el pre. Pero claro, en el pos no hay champán, aunque suele ser un elemento presente en la memoria posmatrimonial cuando se sacan los ojos por la pecera, letrada mediante, recordando cúanto costaron las burbujas de la preboda.
Otro fenómeno fascinante que sucede con el pre y el pos es su cambio de significado en función del estado civil del emisor. Queda claro que el pre antes de una relación sexual, si eres soltera, es como ser Tutankamón y que te descubra Howard Carter; en cambio, si estás casada, preferirías ser Nefertiti.
Cuánto hombre en el pre y qué pocos en el pos.
El pre y el pos también es un asunto intergeneracional. Está en boca de todos los millennials y de todos los de la generación Z; entre los frustrados y los irreverentes que viven en un perpetuo pre: la preadolescencia, la prefiesta, el previaje, el prepago, el precocinado, el preparto… lo que se dice vivir en el prefijo. Nada que ver con los mayores, que se la pasan en las postrimerías de la vida, inmersos en la posteridad y en el postre ya.
Yo sólo sé que después del predesayuno, preámbulo de un pretencioso preacuerdo -preclaro y prefijado con anterioridad- entre mis prestaciones físicas preestablecidas (mi cuerpo) y mis prebásicas y presagiosas cualidades heredadas de la prehistoria, anteriores al movimiento prerrafaelita y a la época prehélenica, prerrománica y precolombina (mi mente), voy a postergar la posproducción el documental de posgrado acerca del posfeminismo y la posmodernidad en aras de alcanzar la posverdad. Espera un momento. Creo que era el posmodernismo. ¿O no es lo mismo? Menuda posguerra.
Definitivamente la posmodernidad es prejuiciosa, prepotente y preocupante.
Posdata: tengo memoria de pez.