LA VAGINA DENTATA

Columnas de pensamiento sin subtitular. Viscolátex y rechinar de dientes. Oraciones de sujeto sin predicado. Epinefrina intravenosa. Blancanieves y los siete infiernos. Estimulación cerebral mediante succión. Enajenación mental no transitoria.

Lactancia mixta

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La creación de Eva de Miguel Ángel.

    La lactancia y los pechos de revista son incompatibles. Un matrimonio mal avenido avocado al divorcio de bisturí. Eléctrico además. Porque para levantarlos e inflarlos se necesitan corte, coagulación y hemostasia.

 Cuando una tiene un complejo, es tortuoso hasta el pelador de sesos el efecto espejo que provoca: No miro. Miro un poco. De refilón. A tope que llevo gafas de sol. Sin contemplaciones porque no está mirando. Psicopáticamente hasta tener visión de túnel… y así, hasta el ángulo ciego.

  Habitualmente el de las tetas era el cónyuge. El actual, digo. El anterior era más de retaguardia. Cuánto daño hizo Pamela Anderson y su bañador rojo dos tallas más pequeño. Aunque sospecho que el bañador era de su talla y el pecho era dos veces más grande que ella. Qué lio. La visión espacial ha sido siempre cosa de hombres. Y no lo digo yo, lo afirma Louann Brizendine en su ensayo “el cerebro femenino”, donde asegura también que las hormonas pueden determinar qué le interesa hacer al cerebro. Al mío, googlear pechos.

El mundo de las boobies – nótese la utilización del lenguaje inclusivo internacional- es oceánico y marquista. El sujetador es consustancial al pecho como una segunda piel, sobre todo si has sido vaca lechera. Si no es tu caso- vaca de pasto- sólo hay esperar a tener más de cuarenta para entender a Newton. Aunque he de reconocer que hay pechos que escapan a la teoría y no dejan indiferente a nadie, ni siquiera si eres una mujer heterosexual convencional. Recuerdo a una escuálida en el vestuario del colegio que al agacharse con los pechos al aire sufrieron una transformación tan horripilante (se convirtieron en dos tubérculos gelatinosos y antropomórficos precipitándose como culebrillas alienígenas) que tuve pesadillas durante varios días. Me recordaban a los dedos de ET.                      

  “Son de mentira” me decían en casa cuando tenía miedo. También eran de mentira los pechos operados y me daban angustia. Igualitos que los de las fulanitas feas que ni fu ni fa que se los llevaban de calle porque no les miraban a la cara. Según qué pechos, pensaba que su ADN estaba compuesto por cromosomas olímpicos, taumatúrgicos y no terrestres. Y con el doble de nucleótidos mínimo. El push up fomentaba la ilusión óptica desde luego, pero el truco de magia del pecho basado en las proporciones exactas en cuanto a forma, tamaño y posicionamiento hacía pensar que eran producto del cincel de Bernini y el pincel de Miguel Ángel en vez del de Torrente y Mengele.                                                                                 

Siempre nos quedará el sujetador y la luz apagada. Y si todo eso falla, mejor pasarse a la lactancia artificial.

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About me

Periodista, escritora y feminóloga. Agente de Igualdad. Autora de «Tratado sobre la nariz». Ponente y conferenciante. Traductora y jurado literario. Licenciada en Comunicación Audiovisual y Periodismo. Máster en periodismo de televisión. Máster en Igualdad. Experta en «nuevas masculinidades» y «ciberfemenismos».