LA VAGINA DENTATA

Columnas de pensamiento sin subtitular. Viscolátex y rechinar de dientes. Oraciones de sujeto sin predicado. Epinefrina intravenosa. Blancanieves y los siete infiernos. Estimulación cerebral mediante succión. Enajenación mental no transitoria.

Bailando con lobos

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Me pregunto en qué momento de la vida, a partir de qué edad exactamente, se considera a una persona “mayor”. Que conste que he utilizado la palabra adecuada para no tener que andar usando el femenino, el masculino, el neutro, el transgénero y la madre que lo parió. También podía haber utilizado la palabra “ser humano”, pero ese ya es patriarcal y susceptible de manifa, y hoy no quiero herir sensibilidades. Quiero que individuos, seres, criaturas, mortales y sujetos en general, puedan leer este artículo sin sentirse un indio Cherokee de 1830.

 De un tiempo a esta parte voy observando en mi círculo más cercano, en los bares sin música donde aún despliego las antenas, en las salas de hospital público donde la espera consume la batería del móvil, que nunca llega ese adjetivo a las cuerdas vocales. Llegan otros. Y otras. La mención añosa va desde la zona fría del supermercado- “si todavía eres un yogurín”- atraviesa el colegio de barrio -“estás hecho un chaval”- y aparca en la estación ferroviaria- “como un tren”-. Si tenemos en cuenta lo de la epigenética “bah, si los cincuenta de ahora son los cuarenta de antes”, lo de ser mayor sólo procede si estás empadronado en la residencia y te han operado de la cadera. Mal de muchos, consuelo de tontos. Sospecho que los eufemistas titulados tienen una mala digestión de calendario y escupen sus bilis adulteradas haciéndolas pasar por eau de toilette. Huelen a muerto. A esqueleto de la posteridad necesitado de Photoshop para que no se note la ITV. Qué necesidad de hacerte el Indiba, de practicar el ayuno intermitente, de estrujar el suelo pélvico con los ejercicios de Kegel, de ahuecar el pelo en vez de cortar la paja, de hacer Pilates contra la pared… En otra vida quiero ser gusanito. Me comería unos ahora, por cierto. De los otros, se entiende ( la tenia sólo se la mandaría comer a mi suegra).

Yo tengo treinta y siete años. No sé si encajo en esa edad porque no he sabido nunca si lo que sucedía en mis redes neuronales iba a la par de la pérdida de elastina y colágeno y si me interesaba el equilibrio en ese aspecto. Eso es para los cuerdos y para las que usan cuerdas (hilos tensores y remangos de liftings). Yo cuando llegue a los cuarenta prefiero hacerme un TAC que un selfi de filtro. Mejor sexo con preliminares que un revolcón en el coche. Espumoso que calimocho. Visa Oro que paga dominical. Gafas de sol que ojera premenstrual.                                                

A decir verdad, me preocupa lo justo cuando a un pipiolo le devuelvo el balón y me da las “gracias señora”. Si es un moco de mierda. Tampoco me altera cuando tomando un café en la oficina, el recién llegado a la pregunta de “¿Cuántos me echas?” responde mal, porque suele ser un maldito enchufado. A mis cuñadas que están deseando que entre en la cuarentena, ni mención. Harto tienen con los sofocos y la sequedad vaginal.                                                                              

Queda claro que a los pipiolos ignorantes, a los universitarios mal graduados (menudo tuerto el hijo de puta), a las menopáusicas de manual,  gustosamente les haría un calvo de autor. Demostrando que las prótesis de glúteos y las lipoinyecciones nada tienen que ver con la edad.    

A veces me sale el indio que llevo dentro.

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About me

Periodista, escritora y feminóloga. Agente de Igualdad. Autora de «Tratado sobre la nariz». Ponente y conferenciante. Traductora y jurado literario. Licenciada en Comunicación Audiovisual y Periodismo. Máster en periodismo de televisión. Máster en Igualdad. Experta en «nuevas masculinidades» y «ciberfemenismos».