
Que se te caiga al suelo una moneda de un euro en la cola de una pastelería atestada de gente, y que a sabiendas de que sostengo un bebé entre mis brazos y una bolsa de la compra y el bolso en la otra, nadie haga el amago de agacharse, da qué pensar.
De primeras, el insulto. El agravio verbal somatizado a lo espada láser de la Guerra de las Galaxias. El daño físico deseando ver su gaznate en una pica. El epitafio póstumo: no se agachó.
No estoy siendo radical. Es sólo ese primer momento hasta que la ira no ha sido expulsada por al aparato nasofaríngeo. Luego recapacito. Busco semejanzas y realizo asociaciones del tipo “ podría ser mi abuela” o “seguro que con esa cara mezcla entre la Duquesa de Alba y Cher su vida no tiene que ser fácil”. Es más, yo, con esa jeta, vendría todos los días a comer pasteles. Total, si no te va a mirar nadie ¿que más da entrar en una treinta y seis que en una cuarenta y dos? Da igual lo que seas en la vida, lo importante es que una vez definida tu forma de existencia central – niñita bien, mujer del montón, fea de palangana o lagarta- hagas apología de lo propio. Reconozco que una vez superado el impulso penitenciario me compadecí, porque una era clavadita a mi suegra. Lo curioso es que antes de que se me cayera la moneda, una de ellas- la mejor situada para agacharse-, estuvo haciéndole carantoñas a la niña y eso no lo entendí. Si eres amable con la criatura, se entiende extiendes tu sensibilidad infantil – “Qué mona. Hay qué graciosa… ¡Pero qué mofletes!”- a la madre que la parió. Que yo respeto a la gente que manifiesta hostilidad hacia los recién nacidos, solo faltaría, aunque les asfixiaría con el cordón umbilical confieso, pero si resultas ser un ser humano, si has sido madre ni hablamos, ante una situación tan evidente de necesidad, rayana en la confraternidad más elemental entre mujeres, qué menos que inclinar el tronco.
No veas cómo se contorsionó la vieja de atrás, cuando la de delante pidió un brioche a la plancha, y viendo que sacaban el último cabezón de azúcar glas, se asomó preocupadísima por ver si había más, cual bailarina del Royal Albert Hall. Por momentos pensaba que iba a hacer un demi plié.
Llegado mi turno, tras el sosiego que sobrevino tras una fluctuación emocional de estas características, renegando de todo rastro cavernícola oculto en mi ADN (el chocolate a tiro de piedra ya), tras depositar, al fin, la bolsa de la compra en el suelo, aliviando mi carga razonablemente, la mujer que me atendió con cara de haber tenido la última menstruación en la era del Pleistoceno, anunció que no hacían churros a esa hora de la tarde.
-¿Cómo dice?- murmulló la Tamara Rojo escuchándome hablar en voz baja.
– Que la fuerza te acompañe.